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El cinismo
ético del Dr. House
Juan Jorge Michel Fariña
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“No trato enfermos, trato enfermedades” –Dr. Gregory House
A la memoria de Ignacio Lewkowicz, al cumplirse un nuevo
aniversario de su trágica muerte, el 4 de Abril de 2004.
Nacho era también un cínico, en el sentido filosófico del
término. En una oportunidad compartíamos una reunión en la
UBA y en una de las paredes del aula habían pegado un afiche
anunciando un evento académico sobre “discapacidad”. El
texto en grandes caracteres decía: Universidad y
Discapacidad: Un Compromiso. Cruzamos miradas con Nacho
y él dijo sencillamente: “a confesión de parte, relevo de
pruebas”.
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En los años '60 la televisión popularizó a dos médicos de ficción, el
Dr. Kildare y Ben Casey, y a un abogado, Perry Mason, personajes
protagónicos de series emblemáticas que acercaron por primera vez al
gran público los dilemas que deben enfrentar a diario los
profesionales del campo de la Salud y del Derecho. En aquellos
tiempos no se hablaba todavía de bioética y muy poco de ética
profesional, no obstante lo cual los distintos episodios anticipaban
las dos cuerdas del debate moral contemporáneo: el tratamiento del
cuerpo del sufriente y las vicisitudes del sujeto ante la ley.
Casi medio siglo después, la ficción televisiva nos confronta
nuevamente con una variedad de juristas, forenses y clínicos a
través de distintas series, que se caracterizan por el rigor
investigativo, el cuidado de los guiones y una realización por demás
atractiva. Capítulos memorables de CSI, ER, La ley y el orden, y por
supuesto Dr. House, la cual ha obtenido ya dos Golden Globe y que
como veremos, merece le dediquemos este comentario.
Dr.
House –o House M.D., donde M.D. puede significar "Medical
Doctor" o "Medical Diagnostic"– fue estrenada en
2004
por la cadena
Fox
y ha entrado ya en su cuarta temporada. Según la Wikipedia, donde
House también se ha ganado un lugar, se trata de un
drama
médico que gira en torno al
Dr. Gregory
House, un médico huraño que se desempeña de manera
brillante en el departamento de diagnóstico del ficticio Hospital
Universitario Princeton-Plainsboro de
Nueva Jersey.
El personaje está inspirado en el de Sherlock Holmes –el propio
autor de la serie, David Shore, reconoce tal filiación, ofreciendo
al espectador pistas en esta dirección. La similitud en sus
apellidos, la dirección de sus domicilios (ambos viven en el número
221B), la analogía de sus respectivos colaboradores: John Watson y
James Wilson, la adicción a una sustancia (cocaína en Holmes,
vicodina en House). Pero lo que más los emparenta es el modo de
encarar el enigma que supone cada caso y la estrategia deductiva
para resolverlo.
Ante todo, tanto Holmes como House se abstienen en lo posible de
establecer un vínculo con las personas involucradas directamente en
el caso –sean éstos sospechosos o testigos, en el caso de Holmes, o
pacientes en el caso de House. Pero contra toda evidencia, esta
distancia no supone descompromiso o desinterés. Cuando House evita
hablar en exceso con los pacientes con el célebre argumento de “los
pacientes siempre mienten –el síntoma no”, lo que hace es en
realidad sustraerse del discurso del yo del paciente, que siempre se
presenta engañosamente consistente, aun cuando ello sea un obstáculo
para la cura. Aquello que indefectiblemente ocultan al médico no es
en absoluto azaroso y suele transformarse en la pieza que resuelve
el enigma de los diagnósticos complejos. Al manejarse a través de
las indagaciones e informes de sus colaboradores, House logra
establecer la distancia operativa que le permite intervenir desde un
lugar diferente, desbaratando la maniobra del yo y salvando al
sujeto.
Esta actitud
distante le ha valido el calificativo de “huraño”, pero ello no debe
inducirnos a error respecto de House. Si en ocasiones tiene para con
sus pacientes comentarios sarcásticos, es porque hace síntoma de su
propia angustia como médico frente a las situaciones con las que
debe lidiar. Como cuando le dice a una paciente que no sabe que está
embarazada:
House:
"Tiene un parásito."
Paciente: "¿Como la lombriz solitaria o algo así? ¿Puede
quitármelo?"
House: "Hasta dentro de un mes sí. Después es ilegal. Bueno,
en un par de Estados no."
Paciente: "¿Ilegal?"
House: "Tranquila. Muchas mujeres se encariñan con estos
parásitos. Les ponen nombres, les compran ropita y los llevan al
parque a jugar con otros parásitos... Mire, si hasta tiene sus
ojos..."
O
cuando se dirige a su colega afroamericano Foreman, quien lo acusa
de molestarle cada día más: "Pues eso descarta el racismo, ayer eras
igual de negro".
Pero esta
preferencia por la ironía y el sarcasmo –una vez más, rasgo
compartido con Holmes– se desliza en ocasiones hacia una
posición cínica, en el sentido filosófico del término. Es este
viraje el que nos interesa analizar.
La escuela cínica, fundada por Antístenes (-450, -366) sostiene que
sólo se alcanza la felicidad si alguien puede prescindir de las
ataduras que lo condicionan a los ideales mundanos. El propio
Antístenes vivía según su propia concepción de la virtud y para él
las convenciones sociales no significaban demasiado, ya que como
todos los cínicos, relativizaba el peso de las normas y las
instituciones. A otro representante de la Escuela Cínica, Diógenes
de Sinope, se le adjudica la conocida frase “córrete que me tapas el
sol”, dirigida a Alejandro Magno cuando éste al regreso de una de
sus campañas, le ofrece: “filósofo, pídeme lo que quieras”. O la que
dirige a sus compatriotas cuando lo expulsan de la ciudad por haber
atentado contra la moneda en curso: “ellos me condenan a irme y yo
los condeno a ellos a quedarse”.
Como se puede ver, la afirmación cínica puede adoptar el tono de la
ironía, pero se separa de ella, ingresando un enunciado de verdad. A
diferencia del sarcasmo, que hace síntoma de un punto ciego en el
emisor, el comentario cínico siempre suplementa la escena,
reorganizando el universo situacional. La respuesta de Diógenes a
Alejandro Magno, responde a la demanda del soberano, pero para
desnudar las limitaciones de su poder, para poner en evidencia el
punto de inconsistencia en que se encuentra, sin siquiera
sospecharlo.
Esta perspectiva del “cinismo” se aleja del uso que habitualmente
hacemos del término, de allí que muchos especialistas propongan
actualmente escribir kinismo para referirse a la posición
filosófica, distinguiéndola así de su acepción cotidiana.
Cuando la lucidez se abre paso en medio del sarcasmo, House puede
sustraerse a su propia angustia –sus miedos, sus inseguridades más
íntimas. Y es allí cuando aporta su cuota de kinismo a la
serie, emergiendo él mismo como sujeto en ese acto. Como es sabido,
se resiste a utilizar el guardapolvo blanco y recorre los pasillos
del hospital con su bastón, debido a la renguera en su pierna
derecha. En una ocasión le dice a Wilson, su colega y confidente:
House:
¿Te das cuenta? Todo el mundo piensa que soy un paciente por el
bastón.
Wilson: Pues ponte un guardapolvo blanco, como los demás.
House: No, entonces parecería un médico.
House sabe que el guardapolvo blanco no garantiza autoridad médica
alguna y no desea por tanto aparecer recubierto de semejante
emblema. Pero sabe también que un médico no es un paciente –y no
debe ser confundido con él. El comentario cínico que dirige a Wilson
lo aleja tanto de la infatuación médica como de la demagogia de la
igualación. El médico debe encontrar su lugar fuera de tales
facilismos.
En
la misma línea, le dice a un paciente: "¿Preferiría un médico que lo
tome de la mano mientras se muere o uno que lo ignore mientras
mejora?”. Contra la tendencia contemporánea que instruye al médico
para que sea “empático” con el paciente, House subraya que es la
competencia profesional lo que el enfermo realmente requiere de él.
La
idea tiene un amplio alcance y recuerda el comentario de Alain
Badiou dirigido a los psiquiatras durante un congreso internacional.
Refiriéndose a la Comisión de Ética Psiquiátrica Europea, Badiou
objeta uno de sus enunciados, justamente el que dice: “el psiquiatra
deberá tratar con pasión no a la enfermedad, sino al enfermo”,
contraponiéndole la afirmación de Hamburger: el enfermo no
necesita la compasión del médico, sino su capacidad.
Efectivamente, si el médico centra su práctica en el “enfermo” es
porque ya le supone un lugar. Porque ya lo ha condenado a su
condición de tal. Hacerlo sobre la enfermedad, en cambio, abre la
posibilidad de “(…) examinar una situación de imposibilidad
contingente y trabajar con todos los medios para transformarla”.
(pág. 42)
En
esta línea, cada episodio de House podría ser leído como una lección
sobre la importancia de distinguir el campo moral –lo ya sabido de
una situación– de la dimensión ética, en la que el médico emerge
como un creador de posibilidades.
En
una oportunidad, llega al hospital una mujer en estado crítico. Ha
contraído una rara dolencia y los médicos no logran dar con la
etiología. Se trata aparentemente de una enfermedad tropical, pero
ella y su marido, un matrimonio muy unido, jamás han salido de la
ciudad. Los médicos descubren entonces que unos días antes, ambos
habían cenado en un restaurante jamaiquino de Manhattan. Se hace un
control de bromatología en el establecimiento y se constatan varias
infracciones, pero ninguna concluyente en relación con el dato que
los médicos están buscando. La mujer empeora y el desenlace parece
inevitable. Su marido permanece junto a ella día y noche junto al
lecho del hospital. Es entonces cuando House tiene uno de sus raptos
de lucidez. Reúne a su equipo y anuncia su hallazgo: ella o él,
alguno de los dos fue infiel y mantuvo relaciones sexuales con una
persona contagiada. Es altamente improbable, pero no imposible, y de
confirmarse, el dato permitiría apostar a un tratamiento de
emergencia. Ordena entonces un inmediato interrogatorio a la
paciente y a su marido. Foreman deberá interrogar al hombre, Cameron
a la mujer. Allisson Cameron, médica aplicada y sumamente sensible,
protesta enfáticamente: “¿me estás diciendo que le pregunte a una
mujer moribunda si engañó a su marido?”. House responde: “no, te
estoy pidiendo que seas gentil con ella y la dejes morir”.
Una
vez más, el comentario señala a la joven colega que la ética no sabe
de relaciones públicas ni de actitudes “políticamente correctas”. No
es la compasión lo que la paciente requiere del profesional, sino su
capacidad. Si la enfermedad es efectivamente una situación,
ello explica por qué House nunca abandona a un paciente. Por qué
busca hasta último momento, contra toda evidencia, una fórmula
salvadora.
Es
porque hace suya la célebre fórmula de Hipócrates, así reformulada
por Alain Badiou: “Haz todo lo que está en tu poder para que sea de
nuevo posible lo que es provisionalmente imposible, pero de lo cual
todo humano es declarado axiomáticamente capaz”.